A mitad de habitación



Limpia
se distiende
la armazón
simbiótica


duras las patas
en madera


silla en composición anfractuosa
disfuncional


convivir con las cuerdas
sobre las sentaderas
con las cuerdas


no hay entusiasmo alguno
hacia morir
convivir con las cuerdas
es muerte ininterrumpida,

con vivir con las cuerdas
basta



desánimo



knowledge of the oppressor
this is the oppressor’s language

yet I need it to talk to you

Adrienne Rich



rumiar hacia lo no dicho, hacia lo por decir
estimadillas de mujer que no seca cabellera
larga
por si vulgo tropiconeara añadido
peluquín de feria por trenzado mayor

sin embargo
tocado la esterita de ocasiones
enjuego lagrimero
de excitada
y sucintamente, aunque a contrapelo desigual
o a contrapelo
instigo
mis mediaciones

con la otra
ama
hacia el desánimo



hasta morirla

A Nailé

Marañana.
Una marañana,
Una marañana lisa y de domingo
El roñostro ticuestre de una
Carne
En la marañana tiesa y cubierta de decúbritos andrógimos


Este último verso una crisálida Que fuga
Hasta la pared Aquel hueco nominable De yeso y restos, Deshechos Y
contenedores, Piernas, ojos
y yemas podómetras giros a medianitud-

Lo parpared palpable mórbido
Concomitantes signos en ondas descompuestas
Tiras de
Carne

Anexos
Sus pistilos contráctiles

Sus tierra adentro
Sus cabeza abajo en huella

De una flor
No arriba
Sino
En huella
Dentro de la raíz de sombra
Bajo adentro
Tierra adentro

Foso inmerso finitos toda
Boca
Todo monto poroso
Gorgóneo y colomo brote
Cristaliza
Lomórbido palpable


–Asebia de la mañana lisa –
Erecto
Terco
Lacra de interinos centros
Germen a sorbos de internieblas
En esterilidad
Hasta exhalar la tierra

hasta ingerir la tierra

–Impacto del pasmos de mancuerda Baja
Esté la llaga estar Cualquier ego de sangre microazar
sapiensa
sepiensa
A cruces
La sed de sed sectarias–

Toda boca
Lo mórbido palpable, concoide
Las tensas sendas
Los reflujos
Lolaslos de la carne
Sinúflagas de estera (de la cocina sin mesachiquita de café o las
metonimias
por años de casados)

Toda boca

pestillos táctiles lenguiformes
Y fértidos
Su mosto alul vetado
A cada honda,

Hace que la vena alucine sangre en todo vaciado
Por somlocuas noches de alcanfor
croar vértigos intrahumanoides

morder estar en la llaga
Sudante pulso es pasmo de rojo
Rostros de mancuerda (más cuerda)

en la piedra bajo el agua

Más cuerda, más cuerda, más cuerda
Todavía más
Rostros arrastrando
El cosmogozo
El ver del ser poroso torso de finitos abrazos

Toda boca
El amor terco a todo
Lacra
Lo tanto

–Gorgóneo soliloquio de cabrilla
Sacrificio de centro
costraeje
Hasta exhalar Ululas de interbrillos fijos
Hasta exhalar la tierra–

Multillamas lenguas
Excreencias
Axilas
Bultos
Lodo
Sesca
Mies corriente

Descalsado

Huesos cogirantes

Desagues no menos que otros

Hasta
El destiempo
Hasta
El destente neutro
Hasta morirla



Del carajo o la muerte de la amiga de la Filo


La muerte de la amiga de la Filo

Conservar la calma. Es necesario. Es útil. Es la única manera para no dejarse arrastrar. Por el desgaste. De lo cotidiano. Es necesario conservar. Calma. Cuando una cosa lleva a otra y otra, y otra a otra. Detener la rueda, mirar. De ser posible aún tomarse entonces el tiempo necesario para recobrar el distanciamiento.
No montarse en el tren que sigue andando paso pesado nunca llega transita por los páramos muertos del tiempo que se anuncia: “El tren del tiempo”, que se enarbola arrollador de todo: “El tren de la vida”. Es necesario si es necesario tirarse del tren.
Ir a pie. A donde sea. Buscar otro transporte. (Sin transporte mejor. Sin destino mejor. Sin salida también.) El interín. Se la pasa una en el interín y no cabe la experiencia sin estress (¿cuándo llegaré al bohío?); interín: desde una cualquiera ventanilla trenzada sucia está la vista plañida y mórbida de los páramos muertos, del desierto without destinos, without salidas, without means or anything.
Cargar con el tiempo muerto propio. (Como si fuera lo único a conservar.) (“El páramo muerto de la vida”); mirar al vacío sin pensar-sentir que ese vacío nos corroe el tiempo; lanzarnos al vacío desde el tren-tiempo tren vida sin concluir “que ese vacío”… Es enfermizo el horror-vacuis. Enfermosnos(h)izo. Iza e iza el horror…
“Mi querida Filomena: No podré ir a verte estas vacaciones. He perdido el tren. ¿Sabes?: últimamente nada sale bien. Estoy a punto de mandarlo todo al carajo…”
El querido filo de la amenaza se enuncia desde la vacante.
La vacante se enuncia en pos del filo y es fallido el intento de vacante encuentro predestinado… por tren.
La pérdida del trensidio un ultimatum: fila de malsalidos en la estación. Desesperada ante el todo hay un impulso aún de mandarlo -¿en tren?-, “el todo”, hacia el carajo (un destino sin destino, lugar inubicable, inexistente, el no/destino –sin llegadas ni salidas-).
Y esta es una antesala fatal para los posteriores puntos suspensivos.
“Mandar todo” al carajo es usualmente traspolado por la muerte en sí misma (“Tomé las medidas necesarias para acabar todo de una sola y rápida vez”).
La querida de filo se enfrenta al páramo muerto agazapada, “muerta de miedo”, y su imagen es la de una mujer compulsiva que se arranca los pelos. (“Estoy mal, muy mal. Al borde de todo y desesperada. Sin saber. Me arranco los pelos.”)

Del carajo

Filomena querida, le informamos por esta, sus amigas habaneras, que nuestra entrañable compañera común, siempre visitadora de las tierras orientales en su mes vacante, no podrá esta vez tampoco --sabemos que el pasado año perdió el tren, y conoce usted de su desdichada suerte-- acudir a verla.
Lamentamos comunicarle que la muerte ha sido con ella. Y ha sido realmente lamentable observar su cuerpo deshecho en la línea, tras el paso de hierro.



Sota y Kafka



A 8 le dijeron que Sota era muy parecida a lo que fuera en un tiempo la ciudad de Kafka.
Se lo dijo 3, y le explicó que todo lo que pasaba en Sota sería visto después de la misma forma en que fue vista después la ciudad de K1. También le dijo 6, que andaba con 3, que esto probaba que la historia –perdón, dijo historia con h mayúscula–, que la Historia era cíclica, y ahí fue que 8 se rascó el hocico (tenía una nariz muy pequeña que él mismo gustaba de llamar hocico) y advirtió que con todo eso del determinismo, sistemas dinámicos, los atractores y fractales, era posible hacer una maqueta y hasta meterla en una cajita nada compleja… Dicho esto comenzó a mover los brazos para imitar un movimiento caótico, aunque sólo logró asemejar a la centrífuga de una fábrica de embutidos o quizás más bien el movimiento mecánico del muñeco de moda.
Pero a 3 no le satisfizo la respuesta, y le exigió a 8 un criterio de peso, un argumento sólido. 8 entonces prorrumpió en una mueca francamente indescifrable, y por un incómodo segundo, los tres se observaron con la certeza de la absoluta incomprensión.
Luego 8 volvió a abrir la boca para exponer su punto de vista.
Que era este: la Historia es algo más o menos semejante a un nido de pájaros.
3 y 6 rieron. 8 les dijo que ellos eran “como huevos”. Y que bajo ellos se encontraba la paja. “La paja, , pues lo notable no está arriba, señores, sino bajo el nido, adonde van desperdicios y gusanitos…” dijo 8. “Y son precisamente estas las más importantes cosas.”
Al 8 decir esto, 3 comenzó un movimiento intermitente en la ceja izquierda, algo así como un tic nervioso. 8 se fijó en esto y durante algunos segundos sólo pudo articular las consonantes pl juntas, repitiéndolas al unísono con movimiento en la ceja de 3. Hasta que esta se detuvo por fin para subir considerablemente con su ceja pareja logrando una perfecta expresión de asombro.
Sólo entonces 8 pudo continuar:
“La paja, a la que como se sabe resulta difícil poner orden y encontrar peso –aquí 8 puso cara de circunstancias– los cobija a ustedes, los huevos, hasta que llega la hora en que debieran salir del cascarón…”
–Una vez pronunciada la última sílaba de esta palabra, la ceja de 3 volvió a temblequear nerviosamente durante algunos segundos–.
“Pero la H mayúscula no deja que nadie salga del cascarón. A ella no le conviene que la dejen como paja miserable”, explicó 8 y abandonó repentinamente su cara de circunstancias por una de payaso, echando antes de seguir una sonora carcajada en la cara de 62.
“La H (es decir, la paja), hace que los huevos (ustedes) siempre tengan en la cabeza esa idea fija del pájaro; aunque cuando quieran n-H-acerse, toda la paja (H) se alce para darles el mínimo empujoncito que les haga escacharse en tierra junto a la pestilencia característica en los huevos al reventar. A la paja (la Historia) no le convienen los cascarones rotos-fragmentados-vacíos, que quedan cuando nace de ellos algún animalillo protoalado. Si logran salir pájaros”, decía 8, “la paja (h con mayúscula) los cubrirá maternalmente para partirles las alas antes de que puedan emprender vuelo”.
8 tensó la mano e hizo un gesto rápido sobre el brazo de 3.
3 retrocedió y levantó su otro brazo para amenazarlo.
“A la paja tampoco le conviene que toda clase de criaturas logren finalmente sobrevolarla”, siguió 8. “La H o paja prefiere cadáveres protoalados. Es algo retorcida, ya ven…, y lo peor es cuando se la trata con seriedad… se sabe ya lo difícil que es buscar agujas en pajares…; en fin señores, que lo que puede hacerse es permanecer en paja como en casa, haciendo como quien investiga, retozando edénicamente entre pajillas y agujitas”, concluyó 8 poniendo punto y aparte al asunto.
3 esbozó algo que por un momento pareció una sonrisa de complasencia. Luego, tras acercar su cara de sorna a 8, le hizo una última pregunta antes de marcharse y dar por acabado el diálogo:
–“¿Pero es Sota igual a la ciudad de K, o qué?
También 6 dijo a 8, haciendo un guiño cómplice a 3,
–“¿Sota es kafkiana, o qué?
“No es la misma paja señores, no es la misma paja…”, masculló 8 y volvió a rascarse el hocico, ahora con violencia; se extrajo una pajilla de su nariz chata y estuvo un rato observándolos dudoso, como si de un par de huevos inquietos se tratara.

1 En este caso no pudimos determinar si 8 se refería nuevamente al célebre sociólogo Kafka o a Kundera, filósofo austriaco autor de Sobre el problema del método en la psicología del pensar y La sociedad abierta y sus enemigos. Es posible que 8 aluda con esta cita al criterio de Kundera de distinguir entre estipulaciones científicas y no científicas por medio no de una noción de sentido, ni de lo confirmable, sino de un juicio o principio de “falsabilidad”.

2 Debemos dejar constancia de que en esta carcajada de 8 predominaban las letras p y l, extrañamente mezcladas con las convencionales j y e.



Habitación para dos


Abajo la calle se hace oír. Chillidos. Interjecciones.
(Espectáculo bufonesco en pequeño teatro de municipio; o sonido de pollos hambrientos en un granero abandonado…)
El sonsonete nocturno de la ciudad de Sota llega con esas voces resonando desde los percudidos y marchitos callejones.
“En su misma casa y con un niño… Cuando el marido no estaba, yo los vi subir…, yo la vi…”, insiste Teodora con membruda voz de boxeador, “cuando él no estaba…”.
Desde aquí la escucho. Voz regia empotrándose a las paredes añejas de la casa -“yo los vi”, ruge-, palabra hosca que se hinca entre persianas bajas, develando el cristal nevado y sorteando cortinas –“la vi”, ruge. “Con un niño”, ruge.
La oigo echada sobre mis cojines como gata doméstica que desconoce a sus antepasados. Pero me inquieta. Y ya siento venir el ruidillo del bostezo que es como un botar de aire seco en Teodora, como una conclusión. Conozco su rutina, una vez hecho el penúltimo gesto, Teodora grita exhalando bilis de baños públicos y fondas para viejos jubilados de Sota: “Ya no hay quien tenga vergüenza en estos tiempos”; después de esto saca un pañuelito tornasolado con ribetes de hoz, y lo pasa suavemente por su único labio, hasta dar pequeños golpecillos a la lengua rugosa apenas asomada.
Puedo visualizar cada uno de sus gestos de memoria, cuando se trata de la vieja Teodora. Puedo verla en esa esquina, rodeada de algunos buenos vecinos, ansiosos de saber y discutir las últimas novedades íntimas de los buenos vecinos no presentes. Siempre despunta la voz ríspida de Teodora, sus maneras hoscas, ese modo de sacudir las palabras como si fueran silloncitos de mimbre recién extraídos de su amplia gutural.
La oigo y puedo imaginarla gesticulando en contracciones.
La oigo y es lo mismo que verla ahora cuando está a punto de gritar su frase de punto y aparte… Abandono mis oídos a la espera.
Pero no es esa frase, sino otra, la que sale en un nuevo rugido de leona vieja que disfruta lanzándose sobre el pasto silvestre; “deja que se entere su marido”, fue esta vez la última frase de Teodora.
La lucecita tenue de un bombillo cae sobre el libro. Él lee con aparente interés. Luminiscencias amarillentas del alumbrado público y de las otras casas penetran la habitación a oscuras.
Oigo al grupo de hombres hablar en la esquina. Gritan. Se ríen. Hay palmadas acompañando las risas —suenan aparatosamente, se me ocurre que son grandes las manos que chocan y este pensamiento me hace recordar al despertador, ese sonar repetitivo.
Aquí hay silencio. Es decir, ni él ni yo hablamos. Sólo pueden escucharse las voces del grupo de hombres en la calle.
Es extraño no oír la voz de Teodora, o más bien es extraño escucharla y saber que ahora duerme, pero que una la siente gesticular y arrugar la cara, una la ve testarudamente como zarandea las palabras, las estira y las coloca en series que ella reclasifica continuamente: “sinvergüenzas”, “mujeres de ley”, “niños que se aprovechan, claro, qué niño es bobo como para dejar ir la oportunidad…, y su marido…”
Lo miro.
Lee.
De repente levanta la vista y su mirada es severa, esquiva.
Oigo nuevamente el bostezo seco de Teodora al terminar la frase.
¡Teodora vieja de mierda, cállate!
Despierto. Y por un instante me parece que he despertado en la esquina; las paredes que me rodean son esas paredes ajenas en las que tantos hombres se recuestan a hablar por las noches y donde se arrinconan las parejas de madrugada. Donde Teodora apoyó seguramente el pañuelito de hoces contaminado de esa saliva pastosa que su lengua expone cuando sale a recibir golpecillos de tela tornasolada… Es sólo una mala impresión, las paredes entre las que estoy pertenecen a mi cuarto.
Me levanto.
Hay silencio abajo en la calle y también aquí arriba.
Pongo mis rodillas sobre el suelo y las separo.
Me toco. Él se vira en la cama, pero aún duerme. Pienso en el otro. Es entonces que mi cuerpo convulsiona. Halones.
Luego el único halón rápido desde los pies hasta el vientre. Subiendo por mi espalda…
Pienso en el silencio que me rodea de repente; he dejado de oír la voz de Teodora, tampoco oigo el reloj sonar (veo la manecilla avanzando segundo tras segundo sin dejar lugar a dudas: el tiempo avanza).
Sin embargo el silencio es completo… Me agarro la cabeza y apretando las sienes logro volver a escuchar, primero la voz de Teodora, luego el reloj…
No ha habido orgasmo.
Y todo es nuevamente disfuncional en mi cuerpo. Soy otra vez una cosa torpe y sin sentido entre las paredes de una habitación de dos. Otra de las miles de habitaciones para dos que hay en la ciudad de Sota.
Después de un rato escucho otros sonidos. Aquellos sonidos: alguien hace el amor en la calle, roñosamente, en la escalera probablemente sucia de un edificio vecino.
Gimen.
Cierro las piernas.
He vuelto a escuchar a Teodora gruñir explicativamente: “allá arriba, sí, la vi con un menor, cómo se puede ser tan sinvergüenza, su marido es un tipo atractivo, hay mujeres que no hay que respetar, con un menor de edad, mi Dios divino, mi diosito bueno y puro, protector de Sota, con un menor de edad la sinvergüenza…”.
Yo la oigo y la oigo.
“Con un menor… cuando el marido no estaba”.
Y la oigo, “sinvergüenza… por eso le dije a él”.
Y la oigo la oigo la oigo hasta en los sueños, vieja de lengua áspera.
Él se mueve en la cama, ahora su cara ha quedado frente a mí. Abre los ojos, me mira. Intento imaginar cómo luzco. He babeado, recuerdo. Seco la saliva y cierro la boca. Me mira.
Encender la luz, pienso.
Enciendo la luz. Encuentro el despertador y hago que deje de sonar.
Él se levanta. Esquiva mi roce.
No he dormido bien, digo. Se acerca a la ventana y levanta la cortina; mira a través de las persianas.
–¿Por qué? –pregunta.
Contesto a media voz, como si hablara conmigo misma, no sé…, me parece haber estado oyendo el despertador toda la noche…
No responde, calla. Escucho ansiosamente agarrándome la cabeza hasta que vuelve a preguntar.
–¿Regresas a las seis? ¿Dime a qué hora?
Silencio. No lo miro. Me da la espalda y se encierra en el baño. Pienso que quizás se masturbe. Termino de vestirme.
Me toco un poco, sólo un instante.
Echo una ojeada desde la ventana, la esquina permanece vacía a estas horas. Un muchacho lampiño de espaldas estrechas acaba de aparecer y espera.
“Eso le dije...”, sólo para mi grita Teodora reminiscencias fragmentarias de sus frases, “por eso le dije a él...” repite la voz ronca en mis oídos.
Bajo las persianas y salgo a buscar la escalera de la calle. A mis espaldas lo siento abrir la puerta del baño, encaminarse hacia la ventana.



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