Walterio Carbonell vuelve a la muerte. Tantas veces ha muerto, que ya no sabemos cómo recibir la noticia. Nos deja el obsequio de experimentar una vez más la típica noticia cubana; el anuncio de su muerte no es un suceso, sino más bien, un exceso, una deformidad del flujo informativo. Canales y canales. Caídas. Se desciende y se desciende en el tiempo. Jugamos a caer. Nada de subir, adoramos el frío del metal que arrastra bajo las nalgas. Y si se rompe la ropa en el roce tanto mejor; en verdad nos gusta recibir azotainas. Es algo así como una suerte de espíritu nacional que nos corre por... el trasero.

No nos hacemos eco de reflexiones postmorten oficiales y extraoficiales; dejamos esos oficios a quienes lo ameriten. A quienes le entretengan. Colgamos su libro, que fue congelado en editoriales cubanas por 40 años. Aquí Carbonell, el congelado Carbonell, el viejito loco de la Biblioteca Nacional, el negro que semi protesta, que semi disiente, que semi fallece. El cubano Walterio, que nunca termina de morir.



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