Empty chairImage by irene gr via Flickr

I
Juan Carlos Flores es un extraño escritor, su poesía parece decirnos que las palabras sobran. La economía de la letra se impone, se vuelve mineral, bajo un tranquilo fluir de las páginas. ¿He dicho bajo? Más bien ha sido inverso, diagonal, cual una superposición de vigas. Libro-galería, Un hombre de la clase muerta, antología poética personal –selección de sus tres cuadernos de poesía– compromete un despliegue topológico atravesado por incipientes zonas de lectura. Los trazados se entrecruzan y engañan, los planos desaparecen. Lector y escritor se topan continuamente con la posibilidad de encontrarse, perderse de vista o desvariar. Ambos visitantes de una extensión finita, aunque múltiple. Flores conforma sus libros, y en especial esta antología recién publicada por Editorial Torre de Letras, en tanto estructura móvil, arquitectura de la potencia. Bajo una inspiración que parece prefigurada desde las cercanías a un Cornelius Escher, la aparente precariedad de los cortes laterales o el murmullo seco del constante levantar de paredes ciegas, no escatima la escritura de superficie, escritura de la inmanencia. Galerías y más galerías: las habitaciones permutan, las paredes desaparecen. Se trata de hacer un recorrido, de entrar y salir.

Así, en el primer libro tenemos toda una galería dedicada a poemas marginales, mientras en El Contragolpe aparecen la galería mujeres o la galería artistas. ¿Pero quién puede nombrar en verdad estos espacios, asentar trayectorias? Cuando decimos “se está cerrando un círculo…”, hay un círculo que se abre en las inmediaciones de aquel. El círculo permuta. Entrar o salir a un(os) territorio(s) de un poema es correr el riesgo de no salir, de hacerse otro. Aún más, leer poesía es asumir ese riesgo, propiciarlo. La materia poética se resiste a nuestra necesidad de abolir el ritmo.

Como Pound o Withman, Juan Carlos Flores echa de menos una tradición. Pero esto no le abruma. Bebe de aquí y de allá, digiere lo que puede. Como ya hemos dicho, se alimenta de piedras (1). En Flores la palabra no se “oye con los ojos”, como en Brull, sino que se reduce a piedras. Tampoco hay “sabor del saber”, como en Armand. En Juan Carlos es movimiento geológico, intestinal: la piedra es a la boca lo que a los ojos: piedra y nada más que piedra. El culto a la abundante comida o a las sabrosas sorpresas de la letra, tiene su dique aquí. No se espere juego, lucidez, belleza intelectual, entendidas como la entiende la ciudad literaria, o su resaca. A este poeta le molestan dichas maneras; la alegría autocomplaciente, contenida en las tres, es la que define esta ausencia. Su poesía es moderada, y no tiene danzas o marchas: arrastra los pies. Gusta de manifestarse con los signos de la misma decadencia (ruina) que la palabra manifiesta. Ya no las ruinas de Mariano Brull, ni las que encuentra Octavio Armand en Lezama. Es una Troya desierta, sacudida solo por esa risa tenue, persistente, que crece en nuestras barbas.

II
¿Humor en Juan Carlos Flores? Al traspasar el umbral de Un hombre de la clase muerta nuestro cuerpo se encoge, se agrieta la experiencia. Somos mofetas, saltamontes, hombres-leopardos, un viejo, una gorda peninsular, el repartidor de biblias. Hemos entrado al territorio del sarcasmo. Al territorio de la experiencia común. ¿Cuánto tiempo tardaremos en reír?

Juan Carlos Flores no narra a una sola Troya. Describe Troyas, muchas Troyas que se suceden ante la mirada estupefacta. Son los restos de una guerra, de una Troya, pero a la vez estos se inscriben sobre las tantas ruinas dejadas en la experiencia cotidiana. Las pequeñísimas Troyas que componen la vida de un hombre cualquiera. El ciudadano, fastidiado del César. El hombre, cansado de las ciudadanías. La escritura es menor, busca llenar las bacinillas vacías del hospital literario con un poco de saludable orín. O de enfermo orín. La enfermedad, esa zona subyacente a la vida y que toda escritura social pretende mantener desterrada. Cierto es que cuando Trotsky habla de un “emigrado interno”, parece que nombrara alguna suerte de padecimiento fisiológico; el padecimiento fisiológico que sufre un Estado. Sólo que ninguna ideología de Estado hasta hoy se ha alimentado de La enfermedad como camino

Para Juan Carlos Flores no hay poeta de la Revolución cubana. La Revolución en nuestro país no ha dado abejas reinas que produzcan su miel a partir de las libaciones sociopolíticas desencadenadas en el proceso histórico. Reinaldo Arenas, dice Flores, lo ha sido un poco desde la narrativa. Asentimos: un enorme abejorro perturbador. Mucho enjambre, poco abejar. Desde el poema, sólo yo me he atrevido, continúa Juan Carlos, hay que ver el carácter eminentemente revolucionario de mi poesía. Cíclica, giratoria del hecho poético, mis textos llevan a cabo incesantes, convulsas “revoluciones”. Tantas revoluciones por minutos, el “no-cumpleaños” de Carroll, celebrado hasta el cansancio en un reino fuera del tiempo. En este caso, el poema.

Reinaldo Arenas es también el individuo atrapado por el Estado, incapaz de sustraerse de sus redes, calado hasta los huesos por estas. Arenas no pudo librarse del régimen del que escapó físicamente. Su lucha para con este duró lo que su vida adulta, dentro o fuera de Cuba. Es la angustia de un individuo frente a un sistema, que se revierte en producción literaria, gigantesca parodia, pero también monstruosa agonía que en el texto vuelve a erigirse como máquina demoledora del sujeto que escribe.

Kafka, quien supo mantenerse a salvo pero huyendo de sus magníficos castillos de tinta y papel, poseía ese humor sarcástico, casi un pus de la lengua enferma, que supo ver Kundera y que es reconocible a su vez en las páginas de Flores, especialmente en su libro El Contragolpe.

Es sencillo el tejido, pero apunta en su avanzar tranquilo, sosegado aunque adolorido, a las zonas más vulnerables, más blandas, del cuerpo nacional.

III
Un hombre de la clase muerta es un libro que permite vislumbrar ciertos itinerarios. En poemas como El viejo (2), de su primer libro Los pájaros escritos, están presente con claridad los síntomas que explicitan luego sus posteriores cuadernos: la circularidad como progresión del texto, o más bien, como modus operandis; las reiteraciones; el poema en prosa a la manera francesa de un René Char o un Frances Ponge (la prosa es presentida desde su primer cuaderno; ya entonces no son versos sino líneas, y el fraseo se constituye según oraciones gramaticales); la economía mineral del lenguaje; una voluntad de utilizar la página en tanto espacio para distribuir sobre ella ciertas intencionalidades gráficas. En el primer libro, la puntuación es aún deficiente y arrítmica respecto del texto (lo que puede verse en particular claridad en El viejo), y aún persiste entre corredores cierta elocuencia, que aunque se muestra ya agotada, engalana, como para lecturas de salón, la sequedad innata de los textos. La segunda versión de este poema, que aparece en su segundo libro, titulada para entonces La silla (otra lectura, otra versión) (3), marca las diferencias que van de Los pájaros escritos a su segundo libro Distintos modos de cavar un túnel, publicado diez años después. Aunque este poema resulta aún deficiente, consideramos una lástima el que sea suprimido de la antología, teniendo en cuenta que su presencia hubiera servido al lector para apreciar la transición del primer poeta, aún en ciernes, al poeta de hoy.

Si algo caracteriza a esta antología es su carácter de anti-antología, ya que el criterio de selección de los poemas no se basa tanto en la calidad de los textos –aunque si lo observa, lo que comprobamos en el chapeo oportuno que hace de los tres cuadernos–, ni en un sentido de mapeo de la obra abarcada. Los poemas son tratados al igual que en sus otros libros, como piezas de una pieza menor, estancia circunstancial, habitáculo. Cual si fueran los últimos poemas que vieron la luz, escogidos desde esa mirada circunstancial, para armar el libro más reciente. En este sentido creemos que esta antología viene a ser un cuarto libro del poeta, donde el relato de los textos seleccionados es una reescritura más que una compilación. Ello tiene un valor, un valor que sólo puede adquirir una antología poética si es hecha por su autor. Es visible además la apretada síntesis del libro, que apenas cuenta con transiciones, ni con poemas malos o flojos. La antología ha sido desyerbada con ahínco y se extrañan esas malas hierbas que pudieran provocar la contingencia, algún accidente en la lectura. Es por ello que Un hombre de la clase muerta amenaza con parecer una única galería, la galería de un museo, donde vemos los cuadros almidonados y tensos en su postura de sostener la pared y totalmente eclipsados por una curaduría monótona. A nuestro entender, no llega a tanto, aunque cierto hedor a ambientadores casi nos hace presentir la rigidez en la espalda de un vigilante de obras de arte. Poemas que saltan a la vista del lector en El Contragolpe, son sencillamente pasados por alto en la antología. En el dojo (4), texto de radicantes autobiográficos, donde se roza oblicuamente la automarginación en el contexto de una sociedad en crisis, sumida en los dictámenes de un régimen que clasifica, en términos maniqueos, la experiencia, a nombre de partidos u orientaciones de Estado. También falta la excelente pieza Días de 1834 (5), en que la prosa se vuelve notablemente eficiente y singular. Así mismo Tren a Vegas (6), que toca su última estrategia ante la vida y la poesía, la del retirado de la “ciudad criminosa”, y su acercamiento a cierto ethos de la idiotez. O el poema El Contragolpe (7), que finaliza y da nombre al libro, y que contagia al lector de ese “humor” presente en toda su obra; la ironía punzante, autoparódica.

Celebramos esta nueva aparición de Juan Carlos Flores, “escribano de las minucias”, hombre de la clase muerta:

(…) ser quien escribe o quien habla es habitar en un cementerio,
pero dentro de una fosa común. (8)

Reseña publicada en el número más reciente de la revista Encuentro de la cultura cubana (51/52, Madrid, 2009).

NOTAS

(1) Lizabel Mónica. Texto de presentación a El Contragolpe, el 23 de octubre de 2008, en Torre de Letras. Inédito.
(2) Juan Carlos Flores. Un hombre de la clase muerta. Antología poética (1986-2006). Editorial Torre de Letras. La Habana, 2007. p. 40.
(3) Juan Carlos Flores. Distintos modos de cavar un túnel. Ediciones Unión. La Habana, 2003. p. 32.
(4) Juan Carlos Flores. El Contragolpe (y otros poemas horizontales). Editorial Torre de Letras. La Habana, 2007. p. 76.
(5) Ibíd. p. 88.
(6) Ibíd. p. 82.
(7) Ibíd. p.103.
(8) Juan Carlos Flores. Poemas encontrados. Un hombre de la clase muerta. Antología poética (1986-2006). Editorial Torre de Letras. La Habana, 2007. p. 127.



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