Lia Villares. Secuestrada por la policía y la Seguridad del Estado en una obra de teatro interrumpida por motivos políticos el 20 de diciembre a las 4:00 pm. Estuvo desaparecida hasta la noche del 21 de dicembre, cuando fue liberada luego de más de 36 horas de detención arbitraria.

En los cinco años que llevo en Estados Unidos en un doctorado en el ámbito de la academia estadounidense, más de un colega me ha visto cambiar la expresión porque mi hermana ha sido secuestrada por la policía en La Habana, porque un amigo está preso injustificadamente y decidió hacer una huelga de hambre, o porque han interrumpido un evento artístico violentamente para evitar que los comentarios políticos presentes en la obra sean ventilados en público.

En la mayor parte de los casos, no se trata sino de una muestra del poder y control de los que disfruta el gobierno a través del uso de las fuerzas represivas. Un acto hasta cierto punto exhibicionista que por su crudeza ha de servir también de escarmiento para quienes aún no han disentido en público. Como los mítines de repudio, los lanzamientos de huevos a la fachada de una casa, las agresiones físicas “espontáneas” y las demostraciones colectivas públicas de ofensa verbal encaminadas a humillar a una persona o una familia, estos actos no son nunca dirigidos únicamente a sus víctimas, sino también, y sobre todo, a sus testigos. Es para nosotros, quienes no fuimos los protagonistas, que se despliegan las fuerzas represivas. Se nos pide que nos quedemos al margen, no sólo de cualquier acto de disidencia que pueda cruzar nuestras mentes, sino de la violencia que contemplamos. Desde 2014, y con el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos, se nos pide además lo mismo a quienes estamos fuera de Cuba. En aras de la ansiada “normalización”, debemos mirar a otra parte, no hacer énfasis en aquello que remita a un periodo que queremos dejar atrás: la Guerra Fría.

¿Pero dejarán de ocurrir estas cosas porque miremos a otro lado? ¿Llegaremos más rápido al estadio anhelado de esta forma? ¿Tienen, personas como mi hermana y otros artistas que viven en Cuba, que emigrar para poder realizar sus obras sin que ello represente un peligro para su integridad física? ¿Está el silencio de quienes viven adentro -comprensible- y de quienes viven afuera -menos comprensible- ayudando de alguna forma?

Para muchas personas este asunto, o cualquier asunto relacionado con Cuba, ese símbolo de la Izquierda, es un problema de etiquetas, y de qué lado de la línea hay que posicionarse. Pero las etiquetas simplifican la experiencia, son a estas alturas algo obsoletas o al menos deben ser sometidas a una profunda revisión, y no describen siempre lo que pasa en el mundo real. Especialmente en el ámbito académico, y para quienes se consideran de izquierdas, la desaparición y encarcelación arbitraria de artistas no debería pasar desapercibida. ¿O es esto un lujo que se pueden dar quienes apuestan por una Utopía y están dispuestos a dejar en el camino algunas víctimas? Para quienes están asqueados o padecen de desencanto, quizás sea buena idea no olvidar que el silencio también cuenta, que la cuota de silencio de cada cual hace crecer aquello que nos parece repugnante.

En cualquier caso, mi crítica apela sobre todo a la coherencia. Si no es cinismo o indiferencia lo que domina nuestra razón de testigos, si en verdad consideramos útil la actividad académica y sus encarnaciones públicas, ya sea a través de artículos, ponencias en conferencias o posts en las redes sociales, entonces al menos seamos coherentes. Intentemos la proyección de una postura política que no se sostenga meramente por etiquetas, y que no ignore las complejidades de mantener una posición ética en el contexto global contemporáneo.



Cuvas

          Día de San Lázaro. Obama y Raúl salen en sus respectivas televisiones nacionales. A la misma hora, casi con las mismas palabras, se restablecen las relaciones diplomáticas. Las frases que se repiten, que parecen haber sido traducidas del español al inglés o del inglés al español, son aquellas que hablan de las negociaciones: los intercambios de presos, los agradecimientos a terceros… Es un extraño juego de espejos, donde lo que cambia es el paisaje. “Los americanos podrán usar tarjetas de crédito y de débito en Cuba”, dice Obama. Se me ocurre una noticia para Cuba: Fake News, “los cubanos podrán usar, anuncia Raúl Castro, su libretas de racionamiento en los supermercados norteamericanos”. 

          Me paso todo el día reuniendo libros en la biblioteca para los ensayos finales que debo escribir. Dando vueltas en círculo, interrogando con mirada extraviada las filas de letras y números que clasifican zonas de lectura. Por área, por país, por políticas de identidad, o por género literario. De vez en vez me encuentro dándole vueltas a una manivela, moviendo un anaquel de tamaño ridículo hacia la izquierda o la derecha para hacer el espacio que permita la entrada de mi cuerpo. No miro más las noticas hasta la tarde.


          Cuando regresamos del daycare, nada más de pisar la primera planta del edificio mi hija Lucy clama por Cuvas. Cuvas cuvas, insistentemente. Tiene dos años y está aprendiendo a hablar. No sé muy bien aún como explicarle la diferencia entre el mapa que cuelga en la pared de la sala, y esas frutas frescas que puede coger del refrigerador.


Spanish and Portuguese Study Room
Firestone Library, Princeton University